Te extraño.
Weekend in Margarita Island by me.
Paula tiene 4 años, aunque creemos que tiene 5. No es secreto para nadie que a pesar de que me encantan los niños, no son mis pacientes favoritos. Hacerles entender que les vas a abrir la boca por horas, que los vas a examinar con instrumentos punzocortantes, que los vas a inyectar con un líquido que arde y que les vas a poner un montón de cosas con olores desagradables en los dientes y que todo esto será para su beneficio, no es nada fácil. Aún así, debo cumplir con los requisitos que la universidad me pide y debo atender niños.
Paula, para ser tan pequeña, se comportó muy bien durante casi todas las consultas. Las primeras veces que la vi intenté hacer cosas sencillas para adaptarla: limpiar sus dientes, enseñarle a cepillarse, eliminar caries pequeñas y obturarlas. Luego llegó el día temido por mi (y estoy seguro que por ella también), el día de su primera anestesia local. “Hola Paula, hoy te voy a puyar la boca con una enorme aguja” no es algo que una niña de 4 años (o 5) quiere escuchar a las 8 de la mañana. Para ahorrarme los detalles, lo que tenía que hacer ese día, que bastante arduo que fue, lo hice, a pesar de las lágrimas y las patadas de Paula. Le agradezco demasiado a mi querida amiga Nati que estuvo ahí ayudándome y que me animó a no rendirme. Al terminar pensé que la niña se iba a ir odiándome y que la mamá me iba a ver con cara de madre-sobreprotectora-decepcionada-y-arrepentida-de-haberme-confiado-a-su-hija, pero cuando salí de la sala clínica Paula sonriendo me dio un enorme abrazo y su mamá me agradeció el cariño y la paciencia con la que atendí a su hija. Eso, precisamente eso, hace que todo haya valido la pena.
Este es Manuel. Tiene 10 años y es el mejor paciente infantil que puedan imaginar.
Manuel tiene mordida cruzada anterior y mordida profunda.
Su caso es tratable con ortopedia funcional. Le vamos a mandar a hacer un aparato removible para adecuar las posiciones de sus dientes e idealizar su relación dental general.



