Me gusta cuando alguien me manda un inbox. Me gusta leerlos y tratar de imaginar cómo es la persona que lo escribió. También me gusta cuando no es anónimo y puedo responder, porque muchas veces quiero responder.
‘Free’ by Graffiti6.
Una vez escuché decir que el perro es el único animal del mundo que te amará a ti más que a sí mismo.
Hoy murió Sandy, mi Golden Retriever de 13 años. La llamamos Sandy porque cuando llegó por primera vez a mi casa en el año 1999 era color arena, recuerdo ese día como si hubiese sido ayer. Me enamoré de ella desde el primer día.
Los que conocieron a Sandy probablemente la recuerden como una perra gordita y feliz que metía su hocico en lugares incómodos de quienes iban a mi casa. Para mi ella era quien me recibía todos los días moviendo la cola, siempre feliz, en los días buenos y en los días malos. Para mi ella era quien me acompañaba a comer y me veía adorablemente esperando que le diera algo de comer. Ella fue quien puso su cabeza en mis piernas cuando estaba despechado, era la que se sentaba en mis pies mientras yo estudiaba hasta la madrugada, era la que dormía conmigo asustada de los fuegos artificiales en navidad. Solía acostarme en el piso con ella a tener conversaciones sin sentido, aunque estoy seguro que a ella le gustaban. Ella me acompañó a trotar, a la farmacia, al mercado, a pasear. Jugaba con mis medias mientras yo leía algún libro en la sala. Estuvo conmigo durante el colegio, cuando me gradué, cuando entré en la universidad, estuvo ahí cuando me he enamorado y cuando me han hecho daño, estuvo ahí cuando me cambié de carrera, cuando me estresaba, cuando estaba de mal humor, estuvo ahí cuando me mudé a otro país y cuando regresé.
Una vez escuché decir que el perro es el único animal del mundo que te amará a ti más que a sí mismo, hoy no tengo duda de eso. Gracias chiquita, me amaste más que nadie, estuviste ahí para mi cuando más lo necesité y me has dado las más bonitas de las felicidades. Fuiste la mejor mascota del mundo y así te recordaré siempre.
Te amo siempre.
R.
Te extraño.
Weekend in Margarita Island by me.
Paula tiene 4 años, aunque creemos que tiene 5. No es secreto para nadie que a pesar de que me encantan los niños, no son mis pacientes favoritos. Hacerles entender que les vas a abrir la boca por horas, que los vas a examinar con instrumentos punzocortantes, que los vas a inyectar con un líquido que arde y que les vas a poner un montón de cosas con olores desagradables en los dientes y que todo esto será para su beneficio, no es nada fácil. Aún así, debo cumplir con los requisitos que la universidad me pide y debo atender niños.
Paula, para ser tan pequeña, se comportó muy bien durante casi todas las consultas. Las primeras veces que la vi intenté hacer cosas sencillas para adaptarla: limpiar sus dientes, enseñarle a cepillarse, eliminar caries pequeñas y obturarlas. Luego llegó el día temido por mi (y estoy seguro que por ella también), el día de su primera anestesia local. “Hola Paula, hoy te voy a puyar la boca con una enorme aguja” no es algo que una niña de 4 años (o 5) quiere escuchar a las 8 de la mañana. Para ahorrarme los detalles, lo que tenía que hacer ese día, que bastante arduo que fue, lo hice, a pesar de las lágrimas y las patadas de Paula. Le agradezco demasiado a mi querida amiga Nati que estuvo ahí ayudándome y que me animó a no rendirme. Al terminar pensé que la niña se iba a ir odiándome y que la mamá me iba a ver con cara de madre-sobreprotectora-decepcionada-y-arrepentida-de-haberme-confiado-a-su-hija, pero cuando salí de la sala clínica Paula sonriendo me dio un enorme abrazo y su mamá me agradeció el cariño y la paciencia con la que atendí a su hija. Eso, precisamente eso, hace que todo haya valido la pena.





